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Manifiesto en crisis

| publicado 22 de junio de 2010 |

MADRID 2010

Madrid 2010. Siempre en crisis, en el alambre, pero ahora más: precariedad de base. Todo el día buscando trabajo y cada vez más paro y la calle que se llena de carteles «chica se ofrece para...»... para lo que sea. ¿Cómo vas a pagar el alquiler o la hipoteca, la luz, el agua, cómo vas a tomar un café con 500 o 600 euros de prestación por desempleo? Y eso cuando la hay, cuando no toca rascar euros de cuentas en números rojos, inventar trabajos de la nada. Las aceras se salpican de piolines amarillo sucio, spidermanes rechonchos, papanoeles raídos con olor a alcohol matutino: los niños corren hacia ellos llenos de ilusión televisiva, el hombre o la mujer bajo el disfraz abre los brazos esperando recibir una moneda de este nuevo oficio sacado del sombrero de la crisis. Y los jefes cada vez más jefes, por el terror de todos a quedarse en la calle: los sueldos son menos, las exigencias son más. «Hay que apretarse el cinturón», dice una voz por megafonía ―megafonía machacona, que invade el aire plomizo, rebota en las obras paralizadas, en los brazos caídos, en quienes viven en las calles. «Yo les veo» y se me cuelan en los sueños. La hipoteca como una soga al cuello y las colas que crecen silenciosas: cola del INEM, cola de Servicios Sociales, cola de Cáritas... Parálisis de las colas, y el racismo que se nota más. Algunos todavía no se lo creen, «crisis, ¿qué crisis?», perciben lo que sucede como puro alarmismo mediático o piensan «mientras a mí no me toque...»: «miren para otro lado», otra de las consignas que circula, ésta susurrada, de boca en boca: mejor así. Pero el miedo impregna el ambiente, se filtra hasta los huesos, hace castañear los dientes: miedo a perder el estatus social, miedo a no llegar a fin de mes, miedo a ser borrado del mapa, miedo a ser expulsado del país. Cadena diferencial de miedos... encadenados. Cansados, muy cansados, muy cansados... en un Madrid en crisis.

MIRADAS

Hay maneras de mirar la crisis que paralizan, que nos dejan inermes, que impiden tomar el presente y lanzar vectores posibles de salida y cambio. Naturalizar lo que pasa, verlo como un acontecimiento meteorológico, frente al que no nos queda sino rezar a los dioses, como se reza en medio de una sequía para que venga la lluvia, es una de esas maneras de mirar que se está imponiendo ante la presente crisis financiera y económica. Cuando naturalizamos la crisis, la única acción posible es la de la espera: espera(nza) de que la solución llegue, por obra de otros, terrenales o sobrehumanos; o bien (des)espera(nza), fatalismo de quien se resigna a que esto es lo que hay y lo único que queda es «ir tirando». Dentro de ambas ópticas, esperando, la salvación o la repetición eterna de lo mismo o lo peor, en el mientras, la única estrategia que se abre es la de la supervivencia: apretar los dientes y pasar el temporal.

Esperar parece ser lo que se impone, esperar a que vuelva el dinero y el empleo. Pero el dinero no ha desaparecido y el trabajo no es un bien escaso. La mirada que interpreta la crisis como colapso y establecimiento de la escasez es otra de las vías hacia la impotencia. Pero también hacia el miedo: principalmente porque la idea de que los recursos y el trabajo, no es que estén mal repartidos, mal organizados, sino que faltan, favorece la fractura de los vínculos, poniendo en competencia a los individuos y los grupos sociales por recursos y empleos escasos. La precariedad, generalizada con el recorte de derechos laborales, ya instauró hace años un ambiente de competencia, donde cada cual está listo para una movilización individual y total de sus recursos. Y ahora en este escenario de crisis, cobran mayor fuerza los numerosos mecanismos de diferenciación (parados, con papeles, sin papeles, con contrato indefinido, eventuales, autónomos, migrantes, autóctonos, sin recursos, en riesgo de exclusión, etc.) que ya funcionaban para el control de las poblaciones. Se refuerzan los nichos incomunicados, la segmentación que promueven las legislaciones diferenciales, la creación de las «poblaciones peligrosas», el recelo frente a los «otros», la base subjetiva del sistema: «mejor tú solo».

Si como parece esta crisis no acaba en catástrofe inmediata, irá machacando, borrando del mapa, a unos cuantos poco a poco. «Si alguien no paga la hipoteca, es normal que se le desahucie». «Si la empresa no mantiene sus beneficios, es lógico que se vaya a otro sitio». «Si no hay trabajo, no pueden seguir llegando inmigrantes». «No cabemos todos»: habla la racionalidad de la economía, como un aparato externo y autónomo de la sociedad y sus necesidades, diferenciando un adentro de un afuera. Pero es un poco más complicado, porque la exclusión es una forma de inclusión, es el lugar que nuestras sociedades producen para poder incluir a personas y grupos de manera subordinada; para amenazar a los que se sienten incluidos con la posibilidad de verse fuera y fomentar la competencia entre ellos; y para que las demandas de los excluidos sean vistas por los incluidos como una amenaza a su estatus.

Hay quienes, a partir de la crisis, han vuelto a sus países de origen, pero, en líneas generales, los «planes de retorno voluntario» del gobierno como vía de exportación del desempleo han fracasado. La nueva ley de extranjería, las redadas selectivas, las prácticas de denegación de derechos a los inmigrantes por vía administrativa, cada vez más extendidas, van haciendo la vida más y más dura para muchos. No obstante, su eficacia real desde el punto de vista de la reducción del número de inmigrantes en nuestro país es dudosa. Lo que no quita que tengan otro tipo de eficacia: por un lado, la de la desmoralización, la creación de un conjunto de la población dispuesta a aceptar cualquier condición laboral, con tal de tener algún tipo de ingreso (reforma laboral encubierta); por otro, la de la propaganda securitaria para unos gobiernos, en tiempos de crisis, cada vez más deslegitimados.

Y es que «la gente no confía en los políticos», motivos no faltan. Pero, «si no lo arreglan ellos, entonces ¿quién?», porque «ellos» tienen los recursos, «ellos» tienen la capacidad de decidir, «ellos» tienen la información y el conocimiento para hacer algo... nosotros no. Carencia de legitimidad de los políticos que no genera una respuesta, porque está complementada por una visión de la política como ciencia capaz de gestionar nuestras vidas siguiendo patrones técnicos, como si las soluciones dependiesen de informes objetivos y líneas de acción neutras marcadas por expertos. He aquí, pues, otra de las miradas que nos arroja a la impotencia: la de la tecnificación de la política.

Aún más nefasta que esta tecnificación de la cosa pública y la delegación que conlleva, es la mirada que culpabiliza, aquella que, al hablar de crisis, nos hace agachar con remordimientos la cabeza, en la medida en que también nosotros somos culpables del cataclismo: culpables por haber deseado más y haberlo realizado a través del consumo y el crédito, que era el mecanismo disponible y recomendado; culpables por habernos endeudado para acceder a la vivienda, pero también a una vida más brillante, más próxima a la de las películas: nos lo hemos buscado. La culpabilización no es sólo autoculpabilización: con frecuencia pasa por señalar a otros, más culpables que nosotros, utilizando una frase recurrente: «La gente vive por encima de sus posibilidades». Así, culpamos a otras personas, a menudo a alguien que está por debajo y se ha pasado de la raya. Esta acusación expresa y legitima la desigualdad, porque al culpar a otros de sus excesos estamos diciendo que deben volver al nivel de vida que les corresponde y no deben atreverse a aspirar al que aparece en los anuncios de televisión. La culpa siempre reclama la expiación: limpiarla por medio de algún sacrificio, ya sea decidido por uno mismo y/o por los políticos, empresarios o sindicatos que imploran privaciones para «salir juntos de esto».

Sin embargo, a pesar de que el consumo excesivo (y el endeudamiento excesivo para hacerlo posible) se apunta como una de las causas de esta crisis, dentro de esta mirada culpabilizadora, ambos, consumo y crédito, aparecen como vía de reactivación económica. Se nos dice, nos decimos, que para salir de la crisis debemos «arrimar el hombro», seguir consumiendo de nuevo, por qué no, a través del endeudamiento si no tenemos liquidez suficiente (¿y volver a pecar?). ¿Paradoja o clave de la situación actual?

Lo cierto es que el modelo de acumulación que trastabilla desde la crisis de las hipotecas subprime basa el crecimiento económico en un consumo sostenido no por los aumentos salariales, sino por el crédito, el endeudamiento generalizado. Y lo propio del endeudamiento es que, al contrario que el salario, va asociado a una culpa que domestica las conductas: no es lo mismo consumir con lo que uno ha ganado en principio con el «sudor de su frente», que con lo que le han prestado y debe aún devolver. Si en el anterior ciclo de acumulación, el acceso a muchos derechos básicos y, en definitiva, a la calidad de vida pasaba por el consumo basado en el empleo (acceso a la alimentación, a la vivienda, a la vestimenta...), en el ciclo actual, y más en estos momentos de crisis, pasa por un consumo ligado a la deuda y, por lo tanto, a la culpa. Por eso podemos decir: sí, somos culpables ―culpables de desear una vivienda digna, ropa adecuada, comida variada, alimentos para la mente y el espíritu en forma de libros, películas, viajes, culpables de querer una buena vida... y endeudarnos para conseguirla si hacía falta.

¿Significa esto que debemos hacer una loa al consumo desenfrenado, a través de la deuda si es preciso, como única forma de acceso a la buena vida? No. En efecto, tenemos la responsabilidad de construir imágenes y formas de la buena vida más allá de los anuncios de televisión. Pero responsabilidad y culpa no son sinónimos. Contra las diferentes formas de expiación propuestas en esta crisis desde arriba, pero también contra los moralismos que llaman a «hacer renuncias», reivindicamos una ética capaz de construir imaginativamente otras posibilidades de buena vida en común, que no pasen por la devastación de los recursos naturales, ni por la opresión y explotación de millones de personas, lejos y cerca de nosotros, pero que tampoco renuncien a lo placentero ni a lo bello. Una ética que se proclame más realista que los espejismos temporales de las fases expansivas.

VECTORES

«El capitalismo no funciona» ha sido titular repetido por los periódicos; poca gente negaría que es un sistema inestable, que reproduce y amplifica las desigualdades, que no sirve para proporcionar al mundo lo que necesita para sobrevivir, que en su afán de acumulación destruye lo que encuentra a su paso. Pero hay que aceptar que contenía una promesa: si no te quejas y mantienes un empleo (o inviertes como se debe), accederás a bienes que construirán tu mundo particular, comprarás tranquilidad. Podrás tener una casa, a lo mejor un coche, viajar o ir al cine. Tu familia se sentirá orgullosa, contarán tu esfuerzo; podrás ofrecer una vida aceptable a los tuyos; la sociedad te reconocerá como alguien que ha sabido salir adelante, inteligente o capaz. Y aunque tú te acuestes agotado y hagas magia con las cuentas, y aunque sepas que hay otros que se llevan mucho de lo que produces, tú tienes cosas que contar en el bar y sueños por los que seguir trabajando.

El capitalismo tenía una promesa. Y una realidad gigante, fragmentada y compleja. Miles de desconocidos que sólo miran por ellos. Tiempos limitados frente a una ciudad dispersa. Enormes poderes fácticos que se reúnen en palacios lejanos. Una vida que sólo se puede mantener con dinero y sólo se consigue dinero aceptando lo que hay, vendiendo tu fuerza de trabajo. Demasiadas cosas de las que preocuparse como para empezar a intentar... ¿el qué? ¿buscar ayuda? Buscar ayuda implica aceptar que no se puede todo, en un contexto en el que el éxito es obligatorio. Y las represalias son grandes. ¿Correr riesgos? Hace mucho que no se gana con la lucha. Se impone la jungla de asfalto, la desconfianza y la delegación dentro de la búsqueda de salidas individuales en un marco que parece imposible de cambiar.

¿Y ahora? Ahora que la promesa del capitalismo se desvanece para mucha gente, que no se puede trabajar o se hace por un salario tan ínfimo que tampoco se accederá a bienes que proporcionen cierta auto-satisfacción. Ahora que se socializan las pérdidas mientras unos pocos mantienen sus beneficios. ¿Por qué sigue imponiéndose el susurro «miren para otro lado»? Junto a las miradas inmovilizadoras, destaca otro elemento: la ausencia de horizontes. ¿Buscar ayuda dónde? ¿buscar ayuda hacia dónde? Conscientes del mundo global, ¿por dónde empezar? ¿qué exigir? Y al mismo tiempo la imposibilidad de cambio genera malestar, una angustia generalizada por un exceso de información que no aporta posibilidades de acción sino agotamiento de los posibles; malestares que no encuentran salidas, porque se pliegan como problemas personales e incluso psicológicos. Un momento de impasse: ningún criterio general logra organizar una imagen de futuro y al mismo tiempo está bloqueada la restauración de un orden fundado en la mera repetición de lo precedente.

Desde abajo parece difícil imaginar una bifurcación, una línea por la que escapar de esa impotencia generalizada. Con la crisis parecía que algo podía pasar, un momento de explosión de malestares que permitiese convertirlos en felicidad pública como ocurrió en 2003 con el «No a la guerra». O que se multiplicaran pequeños conflictos con capacidad de avivar un sentimiento de alegría y un sentido de pertenencia más allá de esos pequeños focos. De un primer momento de expectativas hemos pasado a la frustración rodeada de interrogantes.

Por otro lado, las salidas a la crisis que balbucean los gobiernos y los expertos intentan reflotar el ciclo económico que se ha venido abajo. La vuelta a un capitalismo basado en la economía real a partir de limitar la especulación parece la propuesta más ambiciosa. Sin embargo, este punto de vista está vacío de contenido y no contempla el proceso desregularizador que comenzó en la década de los setenta con la reconversión industrial y la deslocalización de las fábricas; este proceso dio lugar a economías de servicios basadas en la privatización y la precarización de los empleos en los países del norte, y la aparición de modelos industriales basados en la tradicional hiperexplotación de las personas y los recursos en los países del sur. El gran peso de la economía financiera en la actualidad no es fruto de la mera especulación, sino que es el resultado de todo un proceso de acumulación basado en la financiarización de la vida (vivienda, sanidad, escuela, pensiones, patrimonios) y en el trabajo no pagado (plusvalor) proveniente del recorte de salarios reales, los infra-salarios de los inmigrantes y el aprovechamiento del trabajo gratuito. En el momento álgido esto parecía enriquecer a muchos, pero a la postre sólo se beneficiarán unos pocos.

Este ciclo de acumulación por desposesión está agotado y se ha llevado mucho por delante. Pero los discursos que aparentan tener más claro cómo salir de la crisis, apuntan a una implementación de las políticas neoliberales que han sido dominantes durante los últimos 30 años. El dinero concedido a los bancos fue la primera medida, tomada en la urgencia y a la defensiva para socorrer al sistema financiero. Pero la reforma del mercado laboral, la ampliación de la privatización de los servicios públicos y la contención del gasto social son de nuevo unas políticas que se sitúan a la ofensiva. Los mercados financieros y las instituciones internacionales no democráticas como la OCDE, el FMI o el Banco Europeo establecen este marco de referencia sobre lo que se debe hacer y marcan los límites de cualquier política a escala nacional.

La vuelta a una regulación del capitalismo y a un nuevo ciclo de crecimiento es poco creíble. El capitalismo industrial ya prometió acabar con la escasez, produciendo más bienes a un menor precio. Esta legitimidad, discutible en su día, hoy se cae en todos los sentidos porque depende de la destrucción de bienes naturales no renovables y sobre todo porque la abundancia del conocimiento, las ideas o los cuidados no dependen del capital para existir. En lo que se refiere al nuevo modelo de inversión en i+d, hay que decir que no es compatible con los discursos del pleno empleo, en cuanto que las últimas décadas de innovación tecnológica nos han mostrado que la tendencia es a una reducción de puestos laborales. Por su parte, la sociedad del conocimiento conlleva la creación de empleo reducido para un sector altamente cualificado en un entorno de empleos precarios a su servicio (hostelería, limpieza y seguridad). Las economías posindustriales reducen el número de puestos y con la crisis desaparecen incluso empleos precarios.

Y sin embargo, el desajuste entre existencia y empleo puede abrir un campo de posibilidades, dar lugar a un proceso de redefinición de lo que se entiende por trabajo y al cuestionamiento del salario como forma de participación en la riqueza producida. Si entendemos el trabajo como las acciones humanas realizadas para la producción y la reproducción de la vida, el trabajo no se puede reducir al empleo asalariado. Es más, este criterio sobre el trabajo es tan amplio que sería difícil separar el tiempo de trabajo del tiempo de no trabajo.

Podemos constatar que muchas de las relaciones de cooperación social producen afectos, símbolos, formas expresivas, cuidados, ideas, vínculos, músicas... generan riqueza. Estas relaciones exceden el empleo, porque no dependen de un salario para ocurrir y sus productos no son reducibles a una cuantía económica. Estas relaciones producen riqueza, riqueza social necesaria y abundante. ¿Dónde están los retornos económicos de esta producción colectiva? ¿Qué distingue hoy al sujeto de la riqueza de la propia riqueza? Cuando el capital extrae valor de una producción autónoma, resultado de la conexión y organización de la cooperación social, cuando el principal resorte productivo son las destrezas humanas básicas: conocimiento, afectos, cuidados, pluralidad y proliferación simbólica y subjetiva... la frontera entre persona y riqueza se convierte en algo arbitrario o directamente coactivo. De hecho, el capital es esa frontera que se traduce en precariedad: separación entre producción y renta. La clave puede estar en que se pague todo el trabajo y no sólo una parte; que ese trabajo pueda ser autoorganizado de acuerdo con la libre disposición de las distintas formas de vida y no por la necesidad imperiosa de la formación de capital. Renta básica, pues, como solución a la precariedad y el paro, como exigencia de pago del trabajo productivo no retribuido y del trabajo que produce bienes que no tienen valor en el mercado. No más derechos sociales fundados en la contraprestación del empleo. Y no a los ataques contra las bases que hacen posible la vida entre iguales: las políticas penales y migratorias ― que destruyen la riqueza y la consistencia de los nodos de cooperación social―, y la privatización de los comunes, tanto en la vertiente de las políticas de propiedad intelectual ―que cercan las posibilidades de creación― como en la de otros bienes necesarios para la vida: cuidados, vivienda, servicios y espacios públicos, agua, tierra.

Contra las miradas paralizantes y el agotamiento de los posibles, sí que podemos apuntar algunos horizontes, caminos abiertos que pueden generar confianzas y vínculos, constitución material de un nuevo campo de posibilidades de producción y relaciones sociales. Para ello es necesario pensar y habitar la crisis como escenario que intensifica ciertos problemas, que a su vez son elementos centrales para entender el origen y dar sentido al momento actual. Por ejemplo, la dificultad de acceso a la vivienda y el negocio de las hipotecas concentran la tensión que existe entre el acceso a bienes básicos y la incapacidad de obtención de renta para conseguirlos. El expolio de servicios públicos a favor del capital privado es otro proceso que se intensifica con la crisis y ataca la posibilidad de pensar en términos de bienes comunes. El derecho a una existencia digna pasa hoy por la capacidad que tengamos para desautorizar la deuda como la manera principal de obtener renta. También pasa por la defensa de los servicios públicos, generados entre todos, como posibilidad de una salida a la crisis apostando por lo común.

Otro elemento a tener muy en cuenta es el impacto de la crisis a nivel social, laboral y urbano. Es necesario pensar la crisis y las políticas que están en marcha desde las divisiones se que pueden producir y superponer en estos tres contextos. ¿Qué ocurrirá en nuestras ciudades? Desarrollar tácticas y mecanismos para desactivar la segregación es la única forma de tener capacidad para crear alianzas potentes. Es prioritario defender la libertad de movimiento y el derecho a quedarse para cualquier migrante con o sin papeles, con o sin empleo, señalando la ley de extranjería como el primer elemento que, al separar a la población mediante una legislación especial, hace posible todas las demás políticas y discursos que refuerzan la desigualdad social.

Hoy, más que nunca, hay que redescubrir la potencia de hacer con otros, el gusto por conquistar espacios y tiempos de posibilidad sabiendo muy bien que el vínculo político no está dado sino que debe ser reconstruido en condiciones de dispersión y precariedad. No hay que olvidar el miedo sino conjurarlo para dejar de ver a los otros como extraños. Queremos vivir bien más allá de la jornada de empleo precario, siempre incierto y extenuante. Ya convivimos y producimos de forma colectiva. Deseamos una vida mejor que la que promete el capitalismo. Una vida sin renuncias y no por ello atrapado en la lógica consumista. Una buena vida como ecología de lo colectivo: responsabilidad creativa, no para mantener lo dado, sino para la innovación social a partir de lo mucho que somos capaces.

Manifiesto en proceso
Desde Ferrocarril Clandestino, diciembre 2008 – marzo 2010